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Si pudieran
elegir , si la vida les concedira el privilegio de un deseo, cambiarían
esos juguetes que les llueven tres o cuatro veces al año
por caricias que no se fueran.
Porque esos chiches no les sujetan las manitos para que duerman
tranquilos, no secan las lágrimas con besos, ni abrazan cuando
los monstruos acuden en malón a las pesadillas.
Toda tierra en la que viva un solo chico triste, desamparado, o
sin sueños, no merece otra cosa que un cielo rojo de verguenza.
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